• Set10

    La guerra declarada contra el niño afeminado

    La guerra declarada contra el niño afeminado
    Giancarlo Cornejo

    En la escuela había una psicóloga que me torturaba. Nos hacía exámenes que no entendía (ni entiendo) el sentido: dibujábamos personas, a nuestra familia, hacíamos listas de nuestros defectos y virtudes. Y ella siempre se quejaba con mis padres. Recuerdo que una vez los mandó a llamar y que vi claramente en su cuaderno de apuntes mi nombre y al costado una X en una opción que decía “problemas de identidad sexual”. No estuve presente cuando ella conversó con mis padres, pero lo que les dijo, que yo más o menos intuía, les molestó mucho.

    Esta parte de mi narrativa la escribí inspirado por el bello ensayo de Eve Sedgwick “How to bring your kids up gay” (1993 [2007]). En ese ensayo, Sedgwick plantea que la figura del niño afeminado concentra con particular virulencia la patologización de la homosexualidad. De hecho la psicóloga que mencioné me adjudicó un trastorno de identidad de género. Esta clase de teorías del género fueron planteadas inicialmente por psicólogos como Richard C. Friedman, para quien “el homosexual saludable es uno que (a) ya es un adulto y (b) actúa masculinamente” (Sedgwick 1993: 156, mi traducción). Sedgwick además recuerda que:

    “El movimiento gay nunca ha sido agudo para atender los asuntos relativos a los niños afeminados. Hay una razón deshonrosa para ello en la posición marginal o estigmatizada a la que incluso los hombres gays adultos que son afeminados han sido relegados en el movimiento. Una razón más comprensible que la afeminofobia es la necesidad conceptual del movimiento gay de interrumpir una larga tradición de ver el género y la sexualidad como categorías continuas y plegables – una tradición de asumir que cualquier persona, hombre o mujer, que desea a un hombre debe por definición ser femenina, y que cualquier persona, hombre o mujer, que desee a una mujer debe por la misma razón ser masculina. Que una mujer, como una mujer, pueda desear a otra; que un hombre, como un hombre, pueda desear a otro: la necesidad indispensable de hacer estas poderosas y subversivas afirmaciones ha parecido, talvez, requerir un desénfasis relativo de los vínculos entre los gays adultos y los niños no conformes con él género (normativo)… Existe el peligro, sin embargo, que este avance pueda dejar al niño afeminado una vez más en la posición del abyecto inquietante – esta vez el abyecto inquietante del pensamiento gay mismo… el eclipse del niño afeminado del discurso gay adulto representaría más que un vacío teórico perjudicial; representaría un nodo de odio homofóbico, ginecofóbico y pedofóbico internalizado y aniquilante y un elemento central para el análisis gay afirmativo. El niño afeminado vendría a funcionar como el secreto a voces desacreditante de muchos hombres gays adultos politizados” (1993: 157-158, mi traducción)

    El niño afeminado es el secreto a voces del activismo y pensamiento gay, y esto además de por los motivos señalados por Sedgwick talvez se deba a un terror a la indeterminación de género. Finalmente disociar la homosexualidad de la (menos respetable) transgeneridad probablemente haya sido una de las formas en que la homosexualidad haya aparecido como menos amenazante, y fue ciertamente una de las formas por las que se la retiró de la lista de patologías del “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales” (DSM-III). Basta recordar que el DSM-IV, publicado en 1980, fue en el primero en incluir una nueva entrada: “el trastorno de la identidad de género en la infancia”. No obstante, o talvez por ello mismo, mi intención es rescatar estas conexiones y vínculos entre la transgeneridad y la homosexualidad. Vale resaltar que estos límites o fronteras han sido ampliamente problematizados en el caso de lesbianas butch y transgéneros masculinos como los trabajos de Judith Halberstam (1998, 2005) dan cuenta. Sin embargo, en el caso de las feminidades masculinas éstas no parecen ser disputadas por gays (Bryant 2008, Valentine 2007). En lo que sigue solo podré dar pistas de cómo la patologización de la figura del niño afeminado crea un tropo discursivo que hace imposible disociar la transgeneridad de la homosexualidad (masculina).

    Casi todos mis profesores me adoraban, pero recuerdo que sobre todo los que enseñaban educación física eran particularmente hostiles hacia mí. Uno de estos profesores habló con mi papá, porque estaba preocupado por mí, y le dijo (a mi padre) que yo era muy afeminado, y que todos mis compañeros se burlaban de mí. Mi padre al llegar a mi casa me reprendió, y no dudó en culparme por la hostilización sistemática de la que era protagonista en el colegio.

    Cuando este profesor llama a mi padre para hablar de mi afeminamiento es inevitable y obvia la patologización de mi cuerpo, como de mis performances de género. Lo que no es tan obvio es que este joven y atlético profesor estaba reconociendo su propia impotencia, su impotencia para modificar mi afeminamiento, su impotencia para hacerme el hombre que se supone debía ser, y su impotencia para marcar claramente los límites entre él y yo. Recuerdo que éste no era un profesor particularmente hostil hacia mí en su trato. De hecho, siempre me invitaba a jugar fútbol, o a correr con él y su grupo, a hacer caminatas largas, a hacer abdominales. En pocas cuentas me prestaba mucha atención. No obstante, yo rechazaba todas sus invitaciones, yo no me impresionaba por sus esfuerzos, y ciertamente yo no le prestaba tanta atención.

    Como Sedgwick afirma, y mi padre nunca pudo siquiera considerarlo: “Para un niño protogay identificarse con lo “masculino” puede implicar su propia borradura”. (1993: 161, mi traducción). Lo que la cultura me demandaba era que me desvaneciera.

    Halberstam cita una potente pregunta de la obra de Gertrude Stein “Autobiografía de todo el mundo” (de 1937): “¿De qué te sirve ser un niño si vas a crecer para ser un hombre?” (2008:23) ¿De que me servía ser un niño si mi infancia era pensada como una transición a un espacio y un nombre que me parecía inhabitable, hombre? ¿Por qué ese niño no podía tener otros futuros?

    Por muchos meses sentía demasiada angustia, no podía dormir, me dolía la cabeza y el cuerpo, lloraba antes de ir a dormir, me encontraba queriendo decir cosas que no sabía qué eran exactamente pero que las tenía que decir. Era la navidad del año 1996, yo tenía once años, y estaba solo con mi mamá y mi hermano menor. Y empecé a llorar, a llorar con gemidos muy fuertes. Entonces le dije a mi mamá que tenía algo que decirle, y lo que pronuncié balbuceando fue “Mamá, creo, que me llaman la atención los hombres”. Mi mamá también empezó a llorar, porque ella entendió qué quise decirle. Luego, ella nos llevó al cine a mí y a mi hermano a ver una estúpida comedia de Arnold Schwarzenegger, un supuesto símbolo de masculinidad heterosexual blanca; pero ¿acaso mi mamá sospechaba que éste también podía ser un icono homoerótico?

    Si ese niño (que fui) vivió meses y años de dolor, angustia, pánico (homosexual) fue porque la díada secreto/revelación es constitutiva de lo que llamamos hoy homosexualidad (Sedgwick 1998). Este secreto en cuestión amenazaba con mi propia borradura, pero no solo con la materialidad que era y había sido, sino con una que aniquilaba cualquier posibilidad de futuro, y una que hacía que el amor (de cualquier forma) fuese imposible para mí.

    No puedo negar que compartir el secreto me causó algún tipo de alivio. Probablemente si no lo hubiese hecho en ese momento hubiere pasado a formar parte de las listas de adolescentes gays que se suicidan; pero ¿en qué consistía el alivio? Esta escena no cuestiona (necesariamente) la privatización de la homosexualidad ni su paradójica espectacularización como secreto. Estoy más inclinado a pensar siguiendo a Mario Pecheny (2002 [2005]), quien cita el trabajo de Andras Zempleni, que no es la revelación de una verdad interna lo que más alivia, sino que al compartir un secreto (y talvez éste en particular) se comparte también la angustia y el dolor que encarna la demanda de ocultarlo/exhibirlo.

    Ésta puede ser vista como la escena en que salgo del closet, pero me rehúso a llamarla y pensarla así. Ningún closet fue destruido, ni las bestias que lo habitaban fueron domadas y aniquiladas. El pedido o súplica que le hice a mi madre no fue que me ayude a salir del closet, sino que hiciera más habitable el closet para mí (y también para ella). Yo no salí del armario, ella entró más bien al mío.

    Se hace más que necesaria la siguiente pregunta: ¿Por qué una guerra es declarada contra un niño? Hay una potente cita a Sedgwick que puede darnos algunas pistas:

    “La capacidad del cuerpo de un niño de representar, entre otras cosas, los miedos, furias, apetitos, y pérdidas de las personas alrededor… es terrorífica quizá en primer lugar para ellas, pero con un terror que el niño ya aprendió con gran facilidad y de todos modos con mucha ayuda”. (1993 p. 199, mi traducción).

    Todo este dolor, toda la angustia que sentí en esa época de mi vida puede también ser pensada como melancolía. Y aquí me gustaría hacer un aporte a la teoría de la melancolía del género de Butler (2001). Una diferencia entre la melancolía heterosexual y la homosexual, es que como yo en mi infancia y la mayoría de sujetos no heterosexuales que conozco hemos llorado (o lloramos) por no ser heterosexuales. Uno podría argumentar que no es que lloremos o hayamos llorado por no ser heterosexuales (y por no poder amar y desear sexualmente a mujeres en el caso de “ser” hombres), sino que lloramos por no tener los privilegios que la heterosexualidad implica ¿Pero estas dos posiciones son (tan) diferentes una de otra?

    Estos “tratamientos psicológicos” buscaban supuestamente que mi homosexualidad sea impronunciable, pero hacían más bien que prolifere, que todo tenga que ver con ella. Como Butler (2004) argumenta la homosexualidad en ciertos contextos puede constituirse como una palabra contagiosa.

    De hecho en ninguna parte de este ensayo sería más pertinente la (citadísima) siguiente referencia a Michel Foucault:

    “La sodomía… era un tipo de actos prohibidos; el autor no era más que su sujeto jurídico. El homosexual del siglo XIX ha llegado a ser un personaje: un pasado, una historia y una infancia, un carácter, una forma de vida; asimismo una morfología, con una anatomía indiscreta y quizás misteriosa fisiología. Nada de lo que él es in toto escapa a su sexualidad. Está presente en todo su ser: subyacente en todas sus conductas puesto que constituye su principio insidioso e indefinidamente activo; inscrita sin pudor en su rostro y su cuerpo porque consiste en un secreto que siempre se traiciona… La homosexualidad apareció como una de las figuras de la sexualidad cuando fue rebajada de la práctica de la sodomía a una suerte de androginia interior, de hermafroditismo del alma. El sodomita era un relapso, el homosexual es ahora una especie”. (1977[2007]: 56-57).

    Las innumerables psicólogas a las que fui llevado por mis padres esperaban de mí una confesión, la confesión de mi verdad interior, una verdad que era eminentemente sexual. Pero esta “verdad interna” no era tan mía. En términos de Foucault: “el que escucha no será solo el dueño del perdón, el juez que condena o absuelve; será el dueño de la verdad”. (1977[2007]: 84). Esta era la “verdad” de una cultura heteronormativa, no la mía. Y como Halperin (2000) argumenta la homofobia es una pretensión de conocimiento. Esto haría visible que la homofobia tiene un fundamento esencialmente placentero también, de un placer nuevo en la modernidad sobre el que Foucault comenta:

    “A menudo se dice que no hemos sido capaces de imaginar placeres nuevos. Al menos inventamos un placer diferente: placer en la verdad del placer, placer en saberla, en exponerla, en descubrirla, en fascinarla al verla, al decirla, al cautivar y capturar a los otros con ella, al confiarla secretamente, al desenmascararla con astucia; placer específico en el discurso verdadero sobre el placer”. (1977[2007]: 89).

    Yo no fui el único patologizado por estos profesores, psicólogas y psiquiatras lo fueron también mis padres, y especialmente mi madre. Figuras como las de “padre ausente” o “madre sobreprotectora” no tardaron en aparecer como explicaciones de (porque tenía que ser explicado) mi afeminamiento. Esther Newton cita la obra de Robert Stoller para quien la figura del niño afeminado es producto de la gran cercanía y presencia de la madre y poca del padre. Así, “la verdadera villana es la madre que se “gratifica” con su hijo demasiado” (Newton 2000: 191, mi traducción). De hecho quien me acompañaba a las sesiones con las diferentes psicólogas era mi madre. A ella se dirigían, y sobre ella recaían las atribuciones de culpa y responsabilidad.

    ¿Y de qué se le culpaba realmente? Talvez del considerado como el peor de los crímenes: matar a su propio hijo. En palabras de Edelman “[Se] representa la homosexualidad masculina a través de la figura de una madre que mata a su hijo, y quien por lo tanto participa en la destrucción de continuidad familiar (patriarcal)”. (1994: 167, mi traducción).

    ¿Cómo la homosexualidad de un niño se transfigura en su asesinato? Creo que Stockton acierta al postular que “la frase “niño gay” es una lápida para marcar el lugar y el momento en que la vida heterosexual de uno ha muerto” (2009: 7, mi traducción). En otras palabras, la cuna de un niño marica es la lápida de un niño heterosexual.

    La categoría “mujer”, es reiterada una y otra vez en estas intervenciones disciplinarias sobre mi cuerpo de una manera heteronormativa y misógina, que ya Guy Hocquenghem había señalado: “‘La mujer’, que por otro lado no tiene como tal ningún lugar en la sociedad, designada como el único objeto sexual social, es también la falta atribuida a la relación homosexual”. (2009: 54)

    Mi madre, era así patologizada por su generoso afecto, que por estos “profesionales de la salud” será llamado sobreprotección y excesivo engreimiento, y que (me) generaría un cuadro de neurosis que estaría asociado a un odio hacia las mujeres que sería en el fondo una proyección de un odio iracundo hacia mi madre. Mi madre sería esencialmente patologizada por un exceso también, por un exceso de masculinidad, que se expresaba en su relativa independencia, en su voz, en sus amaneramientos (o en la ausencia de ellos), y en ser la principal proveedora económica en mi hogar. No solo era mi género el disciplinado, lo era también el suyo.

    En su miope voluntad de saber, lo que ninguna de estas psicólogas pudo ni por un segundo considerar, y que Sedgwick sí sabía y que yo quiero creer, es que “estas misteriosas habilidades para [que un niño afeminado pueda] sobrevivir, de filiación, y de resistencia pueden derivar de una firme identificación con los abundancia de recursos de una madre” (1993: 160, mi traducción).

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